|
Le observaba tocar desde aquel oscuro rincón como él me había observado cuando decidió convertirse en mi mejor amigo. Sus labios risueños, que siempre mostraban una sonrisa traviesa, se apretaban contra la boquilla del saxofón rompiendo el expectante silencio, mientras su pelo ondulado danzaba por debajo del característico bombín acrónico que destacaba su indumentaria escrupulosamente desaliñada. Su escultural cuerpo se contorsionaba melódicamente al son de la música que él mismo provocaba con el movimiento de sus ágiles dedos presionando las teclas. Observé cada movimiento, cada gesto, cada respiración y me dejé llevar como me había dejado llevar aquella noche…
El cálido verano amenazaba ya con instalarse. Los días eran calurosos y el sol lo abrasaba todo a su paso, era ya casi insoportable, pero al caer la noche corría una leve brisa fresca tan agradable que hacía que soportar el día estuviese bien recompensado, y aquella noche no iba a ser menos. En la azotea de ese edificio, tan antiguo como fascinante, sentada sobre un cojín verde lima que habíamos tirado en el suelo, le contemplaba reír a carcajadas. Había entrado en mi vida tan sutilmente que, de repente, se había convertido en mi mejor amigo sin ni siquiera darnos cuenta y, sin darnos cuenta, aquella noche habíamos acabado en su terraza hablando de un sinfín de cosas triviales que habían marcado nuestra corta e intensa vida. El chico tímido que, enrojecido, se había lanzado sin ni siquiera saber mi nombre, ahora repasaba nuestras hazañas con ese mismo color rojizo del primer día, color que le daba ese toque tan encantador.
- Hazlo otra vez.- le dije entre risas.
- ¡¿Ahora?!- preguntó entre sorprendido y divertido tras tragarse una gominola. Yo asentí con tanto ímpetu que el pelo cayó sobre mi rostro, lo que le dio pie a acariciarme mis cálidas mejillas antes de levantarse y coger su saxo para darme un concierto privado que escuché y observé maravillada, dejándome envolver por el jazz más puro. Me fascinaba mirarle hacer cosas. Me hechizaba escucharle tocar. Me hipnotizaba oír sus voz, su risa, cruzarme con su verde mirada. Ahora él era para mí, su música era sólo para mí, y su voz, y su risa, y sus miradas. Esa noche era todo mío. Todas y cada una de las notas entraban por mis oídos y hacían zozobrar mi cuerpo. Por un instante podía sentir como me elevaba e intentaba acariciar el cielo ennegrecido. Cuando la música cesó no pude evitar aplaudir eufóricamente mientras él se inclinaba cortésmente entre risas.
- ¿Te gustó?- preguntó, como si no lo supiera, aunque ni siquiera esperó mi respuesta.- Lo compuse yo hace algún tiempo.- reconoció, desviando la mirada al suelo.
- Es genial, de verdad, deberías dedicarte a ello… ¿Cómo se titula?- le pregunté, muerta de envidia. Y la respuesta no se hizo esperar. Sus verdes ojos se clavaron en los míos y su voz volvió a rasgar el silencio.
- Tu azul mirada.- ahora era yo la que teñía su rostro de rojo pasión. Él volvió a deslumbrarme con su brillante sonrisa y se puso de cuclillas delante de mí.- ¿Quieres probar?
- ¡¿Qué?! ¡No!- respondí ipso facto mirando de soslayo el grisáceo saxofón. Su sonrisa se amplió y sus manos descendieron desde mis mejillas hasta mis manos, estremeciendo por el camino mi cuello, mis hombros y mis brazos, y tiró de mí para levantarme. Entre su firmeza mientras tiraba de mí y mi fuerza para no moverme acabé enredada entre sus brazos, en un momento de debilidad típico de toda buena película romántica, donde sólo la luna podía chivarse de lo que allí estaba pasando, pero tras un instante de miradas profundas y silencios ensordecedores, se despegó de mi muy despacio. Tomó el saxofón y me lo tendió como si de un bebé, frágil y maravilloso, se tratase. Lo miré unos segundos sin saber muy bien qué hacer, hasta que finalmente lo tomé entre mis temblorosas manos. - ¡¿Y ahora qué hago yo con esto?!- le dije mientras lo miraba como si no supiera qué era. Él se situó detrás de mí y pude sentir cómo olía mi pelo antes de enredarlo en sus dedos para retirarlo con suavidad hacia un lado, dejando indefenso mi oído derecho.
- Es muy sencillo.- me susurró y sus manos volvieron a recorrer mis brazos hasta entrelazar sus dedos con los míos, corrigiendo mí forma de coger su aparato. Sus palabras acariciaban mis sentidos con suavidad con un tono tan sensual que estremecía todo mi cuerpo. Mis labios calientes reposaron en la fría boquilla y, al soplar, un sonido horrible rompió la tranquilidad de la noche y le arrancó una carcajada que me dejó aún más cortada.
- Relaja…- murmuró, haciendo más irresistible su voz y acercando un poco más su cuerpo al mío. Sentía su respiración en mi nuca y sus latidos, acelerados, marcándome un compás frenético. Volví a intentarlo, esta vez soplando con suavidad y, aunque me parecía imposible, conseguí que sonara más o menos bien. Él emitió un leve suspiro de satisfacción y siguió susurrándome la melodía mientras manejaba a su antojo mis dedos, como si formaran parte del propio instrumento, y mi cuerpo, que se agitaba con cada una de sus palabras. Me dictaba las notas con un tono profundo, suave pero intenso, marcando el compás con cada caricia y su cuerpo estaba tan cerca de mí que su aroma me hacía sentir que éramos tan sólo uno. Sus traviesos labios, de vez en cuando, resbalaban y caían sobre mi cuello sediento, dejándome casi sin aliento, pero al menor síntoma de relajación, como buen profesor, me corregía la postura. Cuándo pareció terminal aquella pieza, sus manos se posaron en mi cintura y por fin me sentí libre para coger aire y disimular mi ferviente deseo. Aunque ya no estábamos tocando, aguardó un instante pegado a mí, rodeándome la cintura con los brazos, con su cabeza apoyada en mi hombro y su fría nariz rozándome el cuello mientras yo tan sólo podía quedarme quieta deseando que aquel momento fuese eterno, pero sólo duró unos minutos. Se desprendió de mí con cuidado y perdió la mirada en los tejados. Yo, sin saber muy bien qué hacer, intenté disfrazar mi nerviosismo en caricias al saxo y ambos guardamos silencio hasta que quise tocar la boquilla.
- ¡No!- exclamó de golpe y porrazo deteniendo mi acción.- La próxima vez que lo toque, me gustaría que aún tuviese tu calor y… tu sabor…- justificó llevándose la mano al bombín que lucía graciosamente, síntoma de que también andaba nervioso. Yo dejé escapar una sonrisa, esta vez más de cariño que de incomodidad, grabando aquellas palabras en mi mente. Dejé el saxofón sobre aquella mesa con cuidado y me acerqué a él con intención de juntar mis manos tras su espalda. Él me devolvió el abrazo apretándome con fuerza contra su pecho, permitiéndome sentir como su corazón se aceleraba más todavía, latiéndole con fuerza.
- ¿Y ahora?- atinó a preguntar tras trabarse un par de veces antes de poderlo pronunciar. Despegué la cara de su pecho y clavé mis ojos en aquel verde esperanza.
- Ahora… improvisa…- respondí tras intentar frenar en vano mi instinto animal. Él me miró un tanto serio e, inclinando la cabeza sobre mí a tan poca distancia que su imagen se desfiguró por completo, y por fin me dejó probar la textura de sus maravillosos labios. Fue un beso largo e intenso en el que ambos demostramos cuánto anhelábamos devorarnos. Sus labios colisionaban con fuerza contra los míos despertando cada vez más mi instinto salvaje. Sus manos pasaban del final de mi espalda, aferrándose bien a mis nalgas, a mi larga melena, enredándose en ella, en cuestión de segundos. Ni siquiera pensábamos en parar a coger aire, cuando éste desaparecía, dábamos paso a un par de besos fuertes y cortos que nos permitían abastecernos del suficiente oxigeno como para seguir engulléndonos la boca. Tan sólo nos separamos cuando la ropa empezaba a sobrar. Casi al unísono nos arrancamos las camisetas, dotando aquella noche estrellada de nuevas y exquisitas vistas, y volvimos a censurarnos en un nuevo boca a boca, mientras intentaba deshacerle de aquel apretado cinturón que permitía que se apreciara parte de la goma de su ropa interior pero garantizaba no descubrir el pastel antes de tiempo. Ambos estábamos predispuestos a que pasara y ambos parecíamos desearlo así que me aferré a aquel trozo de tela y tiré de él como si de una correa se tratara para llevarle al rincón donde nos esperaban aquellos cojines verde lima. Ni siquiera necesitábamos hablar. Si una imagen valía más de mil palabras, un solo gesto era toda una declaración de intenciones. Me recosté sobre los cojines casi forzándole a que me imitara, de rodillas ante mí, apoyé los pies en sus hombros para que se deshiciera de mi ya molesto pantalón tejano antes de tumbarse sobre mí. Mientras saciábamos nuestra hambruna, sentí su mano curiosa corretear por mi cuerpo hasta alcanzar la evidencia de mi deseo, el manantial de mi creciente placer, y comprobar por sí solo lo que la enorme luna llegaría a ver…
Le observaba tocar desde aquel oscuro rincón como él me había observado cuando decidió convertirse en mi mejor amigo. Me recreaba en cada gesto, en cada uno de sus movimientos, en cada mirada, en cada palabra no pronunciada como él se recreó cuando nuestros cuerpos se enzarzaron en aquella dura batalla. Desde la primera vez que le vi, procuraba no faltar nunca a la degustación de su impecable jazz. Desde la primera vez que me vio procuró no faltar nunca a su cita con mi ingenuo e inocente corazón, que había tomado por amigo a la persona a la que más había amado. Esa noche hicimos el amor una y otra vez bajo el oscuro cielo salpicado de doradas estrellas, improvisando, dejándonos llevar por los latidos de dos corazones locos perdiendo el control, de dos amigos ciegos que acababan de descubrir la pasión disfrazada de cariño…
|
Me ha encantado tu relato, como siempre.