| La piscina |
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| Escrito por monines |
| Miércoles, 05 de Mayo de 2010 22:02 |
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Este año han acondicionado una zona climatizada y con máquina de refrescos para que los padres no padezcan el agobiante calor, pero yo prefiero salir al balcón corrido que hay justo encima de la piscina. Me gusta ver a mi hijito de cerca. Lo saludo desde arriba y le doy ánimos. Han pasado varias clases ya y como siempre desde lo alto contemplo a mi pequeño. La nueva profesora vuelve su mirada hacia arriba donde yo estoy. Tengo la sensación de que la estoy incomodando. Quizá le moleste que esté tan próximo y siente que esté vigilando su trabajo. Me retiro unos metros para no perturbar su trabajo. En la clase siguiente nuestras miradas se cruzan de nuevo. Me alejo de ella todavía más y permanezco observándola. Compruebo que me busca. Al final sus ojos encuentran los míos. Estoy bastante lejos ya. No creo que pueda molestarla desde mi posición. Mi mente comienza a fantasear con otras posibilidades. Por primera vez me fijo en ella detenidamente. No es muy alta, pero tiene una bonita figura de nadadora de amplias espaldas. Piernas y glúteos fuertes y prietos. Sus pechos son bastante grandes. No sé porqué pienso que no son propios de las nadadoras, a las que imagino más bien con senos pequeños. Sus cabellos negros y ondulados y sus ojos, esos ojos que me miran, son de un espectacular azul ultramar. Pasan las semanas y comenzamos una especie de juego. Durante la clase voy cambiando intencionadamente de lugar y ella me busca con su mirada cada vez hasta que encuentra mis ojos clavados en los suyos. Al principio apartaba yo la mirada casi al instante, pero cada vez la aguanto más tiempo y lo mismo ella. Mi mente no cesa de imaginar, de fantasear. Cada vez siento un deseo mayor hacia ella. Me pregunto por que juega conmigo, porqué juego con ella. Ya llevamos meses así. Me he enganchado a ella. Si una semana no hay clase siento que me falta algo. Se acerca el verano y el curso está llegando a su fin. Tengo que hablar con ella, decirle que necesito conocerla. Al final me armo de valor y utilizando la excusa de querer saber como va progresando mi hijo le digo que quiero hablar con ella. Me cita al terminar su jornada a las nueve de la noche. Dejo a mi hijo con su madre y acudo solo a la cita. La piscina está cerrada y no se ve a nadie. Al poco abre ella la puerta y me hace pasar. Apenas hay luz, únicamente lucen unos focos sumergidos dentro de la piscina. Ella todavía lleva puesto el bañador. Abro la boca para preguntarle por las clases de mi hijo pero apenas me deja pronunciar dos palabras. Me pone un dedo en la boca para que no hable. Entonces ella dice una sola palabra: “Nademos”. “No llevo bañador” le contesto yo medio avergonzado. No me contesta. Se quita el bañador y se lanza al agua. Me queda claro su mensaje, el bañador no es necesario. No pienso. No lo pienso. No puedo pensar. El deseo desbocado nubla mi mente y toda la sangre de mi cerebro se me ha bajado a la entrepierna. Me dejo llevar. Me desnudo rápidamente pues me avergüenza que vea mi descontrolada erección y me tiro al agua. Nado hasta llegar a su lado y nos quedamos mirándonos fijamente muy próximos el uno del otro. Es como si nuestros ojos que siempre se buscaban por fin pudieran ver lo que deseaban, el alma del otro ser a través de las pupilas. Luego fueron los labios, fueron las lenguas. Quería beberme su esencia, saborear su pasión. Nuestras manos recorriendo la piel mojada, descubriendo cada pliegue, cada recoveco. Su cuerpo mojado por fuera y también por dentro. Necesitaba entrar en ella. Fundirme con su alma. Atravesarla con mi sexo y llegar a su corazón. Nos disolvimos en el agua.
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Había llegado el verano y no habían más clases. Apenas sabía su nombre. Nada más. Esperé ansioso todas las vacaciones a que se reanudara el curso, pero el primer día ella no estaba. Pregunté en conserjería. La habían despedido. No me extrañó. En parte me sentía culpable por ello. Nunca más supe de ella y en mi alma quedará por siempre su vacío. |
| Última actualización el Jueves, 06 de Mayo de 2010 00:35 |



Comienza el curso escolar y al igual que el año pasado llevo a mi pequeño hijo a clase de natación. Las mismas tardes de los jueves sumergido en la espesa niebla de sofocante calor que se respira en la piscina. Quién pudiera estar chapoteando en el agua como esos pequeños aprendices de nadadores. Pero este curso hay una novedad, han cambiado de profesora. Me gustaba la monitora del año pasado. Cariñosa y atenta con los niños les daba aliento y seguridad a cada pequeño progreso y así los pequeñines iban perdiendo el miedo al agua. Pequeña desilusión, pero hay que darle una oportunidad a la nueva y joven profesora.
por que los hombres son tan debiles aveces hasta me dan lastima y pensar que tienen su pareja deberian de quedarse solos