Despropósitos de Año Nuevo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Armonía Hache   
Sábado, 02 de Enero de 2010 20:24

Sexo oficina   Año nuevo, vida nueva. Vida nueva, trabajo nuevo. Trabajo nuevo, mismos errores… Y si nunca me hubieran dicho esas palabras mágicas seguramente nunca hubiese enloquecido de esa manera ante una utopía tan cercana. “Olvídalo. Es inaccesible” me había dicho aquella arpía envidiosa la misma tarde en la que me incorporé en mi cubículo. Y es que la primera vez que lo vi me sentí irremediablemente atraída hacia él pero aquel anillo de casado brillaba casi más que su sonrisa pícara enmarcada en un contorno enrojecido de chico tímido. Era un muchacho joven de apenas treinta años con una mirada abierta y un don de palabra que enloquecía a todas las que le rodeaban. Era difícil verle sin un séquito de perfumadas y sobremaquilladas mujeres embutidas a presión en trajes que remarcaban algo más que sus encantos.

   Desde mi pequeño cuchitril, redecorado con fotos y objetos propios, si alzaba la vista y sobrevolaba por encima de las cabezas de mis compañeros, podía llegar hasta la puerta de su despacho, siempre cerrada con las persianas bajadas, y empecé a sorprenderme pensando en mil y un motivos que lo justificase. Y me sorprendí pensando en que yo tenía algo que ver en ello. Pero cuando mi mente se abstraía y mi cuerpo empezaba a entrar en calor, el teléfono sonaba casi instantáneamente obligándome a volver al mundo real, en el que las tareas se amontonaban sobre mi escritorio en forma de post-it naranja butano.

   Según pasaban los días, mi respuesta ante aquel sonido chirriante y espantoso era más automática y tomaba nota casi sin prestar atención pues casi siempre era lo mismo. Debo reconocer que era un trabajo muy monótono pero bien recompensando. Los primeros días me había llamado la atención el sonido alegre de aquel aparato infernal pero ahora lo que me llamaba la atención era la tranquilidad que dejaba cuando el silencio reinaba. Aquella fría mañana en la que todo había amanecido bañado de blanco el silencio era amo y señor de cuanto concernía a la oficina. Tan sólo unos pocos habíamos podido llegar sin incidencias por lo tanto vagábamos por los pasillos sin mucho de qué preocuparnos. Yo me dediqué a fantasear sobre qué se escondía tras aquella puerta color cerezo. Dejaba que mi imaginación se apoderara de mí sonsacándome los colores pero cuando más intenso se tornó mi deseo, aquel sonido espantoso tiñó mi fantasía. Contesté con el mismo tono mecánico de siempre pero aquella voz era totalmente diferente. Era una voz cálida y sensual, acogedora, con un timbre grave que hacía que mi corazón se acelerase. La conversación fue trivial y sin importancia pero no pude sacarla de mi mente en los siguientes días, en los que se iban repitiendo con más frecuencia, adaptando cada vez un tono más erótico, confiándonos nuestros más profundos y sucios deseos, reconociendo el apetito por lamer cada centímetro de nuestras acaloradas carnes. Y de las palabras pasamos a los hechos, discretos y secretos, en los cuales, las miradas furtivas y los roces cautos azucaraban nuestra monótona vida. Un roce leve era suficiente para encenderme y humedecer mi ropa interior. De cara a la gente, ni siquiera nos hablábamos pero a sus espaldas, nuestro deseo jugaba con fuego. Y como quien juega con fuego, terminamos quemándonos.

   Aquella mañana me había enfundado en una blusa blanca ceñida conjuntada con una falda negra de talle alto y una apertura que dejaba a la vista mi bronceado muslo derecho, y marcaba cada paso con un taconear firme que retumbaba por aquel angosto pasillo que desembocaba en la sala de reuniones.  Abrí la puerta convencida de que allí no habría nadie pero me encontré de golpe con sus ojos felinos casi negros clavándose en las arrugas inexistentes de mi blusa. Esbocé una sonrisa y apreté contra mis pechos aquel montón de papeles que había paseado desde del despacho hasta la sala de reuniones. Él observó divertido con su oscura mirada todos y cada unos de mis movimientos sin mediar palabra. Con cuidado dejé aquel montículo de papel y entonces me decidí a romper el silencio con un saludo y él rompió el hielo con un beso en mi sonrojada mejilla que rozó sutilmente la comisura de mis labios. Nos miramos un instante tan cerca el uno del otro que tenía que forzar la vista para poder mirarle sin distorsiones y fue inevitable. Sus labios y los míos se juntaron al fin. Fue un beso largo y húmedo, en el que pude sentir su lengua acariciando la mía y su mano aferrarse a mi trasero.

Sexo oficina- Va a empezar a entrar gente en cualquier momento.- le advertí. Su anillo brillaba casi más que su amplia sonrisa.

- Pues debemos darnos prisa entonces…- susurró mientras me acariciaba el pelo. Su aliento rozó mis labios y su erección apuntaba hacia mi falda. Sus manos se deslizaron por mi cuerpo hasta mi trasero y me elevó para sentarme sobre la mesa mientras me comía la boca con un ansia voraz. Entrelacé mis dedos en su pelo intentando buscar una razón que justificara aquel comportamiento irracional. Me sentía incapaz de frenarle pero sabía que entre nosotros sólo podía haber eso, sexo salvaje y sin sentido. Mordisqueé su cuello con cuidado mientras me abría la camisa. Clavó la mirada en mis pechos con el brillo de un niño el día de Papá Noel y le escuché suspirar un “por fin” que estremeció mi alma como la estremeció sentir su lengua sobre mis pezones erizados mientras apretaba mis pechos. Dejé escapar un gemido sin tener muy claro si me excitaban más sus caricias o la situación. En cualquier momento aquella puerta se abriría y empezaría a entrar gente. Deslizó sus dedos por debajo de mi falda y rozó mi clítoris mientras apartaba el obstáculo que le impedía entrar. Ni siquiera llegó a bajarse los pantalones del todo, lo justo para poder liberarse y penetrarme con la facilidad que le proporcionaba una excitación húmeda. Me derrumbé sobre la mesa y rodeé su cadera con mis piernas, empujándole hacia mí. En un momento de éxtasis, golpeé la pila de papeles esparciéndolos por encima de la mesa. Aceleró el movimiento pélvico cuando empezaron a escucharse pasos y voces en la oficina, provocando un placer sin igual. Mis gemidos se entrelazaron con los suyos y su erección me golpeaba con fuerza. No quedaba tiempo pero ambos estábamos en un punto de no retorno. Aquello tenía que ser un secreto entre nosotros y aquellas cuatro paredes pero estábamos jugando con fuego y como el que juega con fuego, acabamos quemándonos.

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Última actualización el Sábado, 02 de Enero de 2010 21:21