| Fun... fun... fun... |
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| Escrito por Armonía Hache |
| Miércoles, 02 de Diciembre de 2009 18:11 |
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Y sumida en mis húmedos pensamientos pude sentir un hormigueo que me recorrió las piernas semidesnudas desde la rodilla hasta el muslo. Eran caricias casi inapreciables que regalaban a mi piel un leve cosquilleo. Era un movimiento reiterado y circular que sólo con su presencia sometía a mi cuerpo. Era un movimiento amplio que cada vez abarcaba más centímetros de mi piel hasta colarse bajo mi falda y, como un castillo de fuegos artificiales, aquellas yemas frías se expandieron dando paso a una palma cálida y sensual que se aferraba a mis nalgas. Eran caricias tan reales que no pude evitar abrir los ojos de nuevo y observar inquieta la profunda oscuridad que me rodeaba. Por un instante hubiese jurado que estaba completamente sola pero una cálida brisa atravesó mi nuca erizándola. Aquello era tan real como la excitación que en mi sexo comenzaba a hacer mella. Atacó mi indefenso cuello con afilados mordiscos que, a pesar de rozar el dolor, eran placenteros y excitantes, y sus tórridas manos fueron recorriendo mi cuerpo creando pliegues en mi vestido acortándolo aún más. Quise girarme para descubrir el rostro de mi amante secreto pero tan solo encontré un beso firme que apretaba sus labios contra los míos mientras nuestras lenguas se entrejuntaban. No tuve tiempo de verle el brillo de los ojos pero sí sentí su olor, profundo y agradable, y aprecié un tintinear rojo como pequeños flases que me dieron la tranquilidad necesaria para no necesitar más para permitir que aquel pañuelo negro anulara mi vista. Sus manos recorrieron la fina tela de mi tanga como si de un raíl se tratase, ejerciendo presión en los puntos clave de mi más profundo deseo. Abandonó mi humeante clítoris, el cual exigía una revancha, y ascendió por debajo de mi vestido de gala hasta alcanzar mis excitados pechos, los cuales rozó sutilmente despertando aún más mi deseo. Y mientras jugueteaba con mis agradecidos pezones, su aliento golpeó nuevamente mi nuca y se intensificó, hasta apagarse, en el inicio de mi espalda. Con los dientes, bajó la cremallera de mi vestido deslizándose por el arco de mi espalda hasta quedar de rodillas tras de mí. Y mi vestido, al igual que mi deseo, sucumbió a su cuerpo cayendo al suelo ipso facto. Volvió a recorrer mis piernas con la yema de sus dedos desde mis tobillos morenos hasta mi carnoso trasero. Y volví a sentir sus afilados dientes clavarse en mi piel. Y volví a sentir mis húmedos labios suspirándole. Sin miramientos ni delicadeza, tiró de la escasa tela que conformaba mi ropa interior, dejándome vestida con un pañuelo de seda que acentuaba mis sentidos y unos finos tacones de aguja magnética. Volvió a besarme en los labios y su lengua volvió a estar dentro de mí, juguetona y letal, arrancándole suspiros al silencio. Sumisa, me incliné hacia delante, recostándome sobre aquella fría y dura barra. Un chisporroteante río de champan se deslizó por mi espalda y desembocó en el mar de mi deseo creando un cóctel único que danzó en sus papilas gustativas de forma lasciva. Dulce tortura la suya. Su lengua nadó por el afluente de champan de abajo a arriba, recorriendo con ella todos los recovecos de mi cuerpo bañados en dorado elemento. Mi cuerpo se estremeció cuando su lengua alcanzó mi cuello y su pecho desnudo se recostó sobre mi espalda. Cuando sentí su erección a través de la tela de sus pantalones. Cuando sentí su pene gritar que quería ser libre.
Comentarios (1)
que excitadita me voy a la cama
1
Miércoles, 09 de Diciembre de 2009 22:13
rosalia
gracias por tu relato, lo del champan muy apropiado para estas fiestas.,
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| Última actualización el Jueves, 03 de Diciembre de 2009 00:24 |



Aún podía ver el destello de aquellos cuernos de reno que él había lucido de una forma tan graciosamente ridícula. La Noche Buena continuaba en la habitación contigua pero mis pupilas, que rechinaban con cada sonido de cristal contra cristal cada vez que se brindaba, necesitaban un instante de paz y oscuridad. Apoyada sobre aquella barra americana, con mi copa en la mano, envuelta en el más profundo de los silencios roto por el jolgorio enlatado, me sorprendí pensando en sus manos, finas y suaves, y en aquel rostro que, a pesar de su edad, rozaba la inocencia infantil. Cerré los ojos un instante tratando de imaginar esas caricias tiernas y tímidas que sólo unas manos como las suyas podían esculpir en mi piel, tan delicadas y sensibles como el roce de una pluma sobre la piel húmeda.
Nuestras manos se entrelazaron junto a la hebilla de mi cinturón. Me erguí para poder desprenderle de su cárcel de nilón y mientras él pellizcaba mis pezones haciéndome zozobrar, me aferré a su erección dándole cobijo entre mis frías manos. Sentí sus gemidos como susurros en mi atento oído, mientras recorría sus diecinueve centímetros desde el inicio de sus testículos hasta su jugosa punta. La intensidad de sus caricias aumentaron abarcando todo el perímetro de uno de mis pechos mientras la otra mano descendía hasta mi fuente de calor. Su dedo corazón recorrió mi clítoris con el mismo compás que yo marcaba en su falo. Lo quería, y lo quería ya. Me incliné de nuevo sobre la barra, acercando mi ardiente deseo a su duro sexo. Tracé círculos con mis caderas empapando de mi esencia la punta de su pene que lentamente fue cediendo aventurándose a adentrarse en las profundidades de mi alma. Entró despacio permitiéndome sentir como se abría paso en mi húmedo deseo. Volvió a recostarse sobre mí, colmando de besos calientes mi espalda mientras sentía como su pene volvía a retroceder lentamente hasta que pudo acariciar mis labios con suavidad hasta encontrar de nuevo las puertas del cielo, de mi cielo. Circularmente vagó hasta mi vagina y esta vez me regaló una embestida firme y feroz que me arrancó un grito de exquisito placer. Mientras bombardeaba duramente el punto G de mi nirvana, deslizó aquel pañuelo hasta quedar colgando de mi cuello, despertando mi vista de nuevo y pude ver el brillo de sus ojos reflejados en aquel espejo que retrataba todos y cada uno de nuestros lujuriosos movimientos regalándonos otro punto de vista de nosotros mismos. Cada embestida era más fuerte que la anterior, más placentera, más apocalíptica. Sus manos luchaban entre ellas sobre mi abultado clítoris acentuado el placer que me hacía sentir. Poco a poco nuestra respiración agitada pasó de ser susurros que acariciaban al silencio a ser gritos que lo rasgaban. Sus manos se despidieron de mi clítoris al entrar en el punto de no retorno y recorrieron mi cuerpo hasta enredarse en mi pelo. Y el silencio volvió. Sólo un segundo. Un segundo en el que el miedo hizo el amor con el placer más extremo. Sus manos soltaron el pañuelo y el aire volvió a entrar en mis pulmones. Tan sólo pude respirar un par de veces antes de que me volviera a dejar sin aliento. El miedo había desaparecido y ahora era el desconcierto quien se entrelazaba con mi inminente orgasmo. Tan sólo un segundo. Una embestida. El aire entró de nuevo y sus gemidos delataban que aquello le producía el mismo placer que a mí. Sus duras embestidas ahora eran frenéticas y descontroladas y el aire desapareció de nuevo justo cuando el orgasmo estalló como una bomba que azotó nuestros cuerpos. Y el aire volvió a entrar. Mi orgasmo. Su orgasmo. Sentí su calor dentro de mi vagina. Sentí su respiración en mi nuca. Sentí su placer en mi cuerpo. Había sido un orgasmo intenso que aún hacía palpitar mi sexo incrédulo. Que aún me hace estallar sólo de recordarlo…