| Aquella desconocida |
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| Escrito por ALFONSO |
| Lunes, 04 de Octubre de 2010 17:24 |
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Durante mi estancia en el instituto tuve una relación un tanto especial con una mujer.
No fue con las mosquitas muertas que siempre iban en grupito de tres y no habían desarrollado nada dado lo cual la ropa no les hacia resaltar nada. Éstas, que si les decías hola ya pensaban que pretendías meterles mano o acostarte con ellas. Tampoco con la hippie. A esta chica le habían dicho que para vestir había que combinar los colores y efectivamente los había combinado todos a la vez. Fumaba. Muy lenta de movimientos. Hoy en día diríamos que iba fumada hasta las cejas, pero entonces yo creo que era por lo que habían fumado o fumaban sus padres. No hablo de tabaco. Por supuesto tampoco con la chica invisible. Esas chicas que nunca has sabido que han ido a tu clase. Sobre los dieciocho años hicimos un grupito de amigos en la autoescuela que entre test y test tomábamos algunas cerveza, para afianzar conceptos. Pues uno de esos días de cerveza una de las alumnas me confesó que en el primer año de instituto había estado loquita por mí. El grado de alcohol en sangre me hizo fácilmente escurrir el bulto pero me costó dos días descubrir que habíamos estado estudiando en la misma clase tres años. Ni siquiera tuve una relación con una profesora. Fue algo distinto. Yo vivía a un kilometro aproximadamente del instituto. Mi calle iba a salir a una avenida y ésta sin dejarla te llevaba a la puerta del Centro. No mucho más de veinte minutos, dependiendo las ganas de andar. La primera semana de clases nada más coger la avenida, mi nariz de adolescente capto las feromonas que desprendían la falda de una chica que andaba a escasos cinco metros por delante de mí. Fue como en esas películas que el poli tonto persigue a guapo y listo ladrón, y claro el poli tonto persigue al malo a escasos cinco metros y este hace creer que no se entera. Sólo nos separamos porque llegué a la puerta del instituto y ella, pese a que crucé todos los dedos posibles, recé (iba a colegio de curas) todo lo que sabía, que no era poco, e hice todos los pactos con el diablo posibles, ella, no era de mi instituto. Al día siguiente cuando llegué a la avenida busqué con la mirada a mi desconocida, claro que hubiera sido demasiada coincidencia que estuviera cinco metros delante de mí. Pero como llamaríamos al hecho de que estuviera por detrás. Cinco metros durante un kilometro. Ciega tendría que ser para no ver mis poses al caminar. Imagináis el andar de un adolescente que es observado por la espalda por una chica y pretende sólo con el andar, hacerse el interesante, el sencillo a la vez que elegante, mostrar atención sin llegar a hacerse denotar. Bueno jugaba con un as en la manga, no se me veía la cara y sí el culo, mi lado bueno. Durante todo el año, coincidimos cuatro de cada cinco días a la semana. A veces ella delante, otras yo. Otros días yo le adelantaba, al siguiente era ella la que adelantaba. Cruces que aprovechábamos para olernos y respirarnos. Yo, leía los libros que llevaba en las manos, leía sus gestos, leía su forma de vestir y de peinarse. Vaya, nos hemos cortado el pelo. Mira, lleva un anillo nuevo, ¿Tendrá novio? Me pilló varias veces haciéndole un escáner de cuerpo entero. Pero lo que me daba alas es que yo la pille también varias veces haciendo lo mismo. Nunca he sentido un kilometro tan corto y deseaba que el colegio se fuera alejando de mi casa. En Segundo, al año siguiente, fue igual. Bueno igual no. Ya nos conocíamos. Ahora lo que me interesaba era su forma de ser. Imaginaba y planeaba el momento de nuestro encuentro. Como sería su voz. Seleccionaba las posibles conversaciones para hacer en nuestro trayecto de veinte minutos. Las practicaba mentalmente aprovechando uno de nuestros cruces donde permanecíamos andando juntos unos minutos. De los cuatro trayectos que hacia al día, sólo los veinte minutos del primer trayecto eran los que hacía soñando. Eran pocos minutos y había que aprovecharlos al máximo. Al aprobar con buenísimas notas este curso, me hicieron el regalo que todo adolescente sueña, un ciclomotor. Como podéis imaginar esto lo cambió todo al año siguiente. Ya no la volví a ver. Nuestros horarios ya no eran los mismos. Muchos días con la moto despacito peinaba la acera en su búsqueda sin resultado. Tuve que olvidarla. Y como se puede ver no pude. Cuatro años más tarde, en una comida de amigos de mis padres, nos encontramos cara a cara. Era la novia del hijo mayor de un amigo de mi padre. Por su sonrisa y por la cara de tierra trágame que yo puse, ambos nos dimos cuenta de que nos conocíamos. Ninguno dijo nada. Carolina, un año mayor que yo, voz dulce y culta, ya sabía que estudiaba ciencias. Vivía a trescientos metros de mi casa. Estuvimos todo ese sábado de paella hablando y conociéndonos. Tres años más tarde se casaban. Hace veinte que no la he vuelto a ver.
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| Última actualización el Lunes, 04 de Octubre de 2010 17:42 |



No fue con la reina de la clase, la típica rubita que se había desarrollado la primera y que los granos andantes varones babeábamos por ella.
Monines, veo que has sufrido mucho en tu anterior vida