| Silencio |
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| Escrito por ALFONSO |
| Viernes, 30 de Abril de 2010 14:44 |
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Mi amiga Cristina me ha dejado un libro en el que nos habla de la incongruente y conocida frase “escuchar el silencio”. La idea que plantea es que dicha frase tiene un sentido real, no es ilógica. El silencio con el significado que todos tenemos en mente no existe. En la vida no hay ninguna situación en la que se plantee la carencia de sonido. Siempre se escucha algo. Cuando estas callado, escuchas a otras personas. Cuando todos callan, escuchas ruidos. Todos hemos estado en el campo, en la oscuridad de la noche, acampados o paseando, y mirando las estrellas hemos mantenido hasta la respiración y hemos escuchado el silencio. El viento sobre los árboles, los grillos en el horizonte, un pequeño roedor que hace crujir la hojarasca, nuestro corazón. Para los humanos eso es lo más cercano al silencio que conocemos y que rápidamente rompemos porque nos pone nerviosos. Necesitamos ruido. Teléfono, coches, música, televisión. ¿Qué es la música de espera? ¿Por qué no preferimos el silencio de espera? Nos incomoda esperar sin oír nada. Y cuando vuelves a casa de trabajar, ¿qué es lo primero que haces al entrar? encender la tele. No la ves ni la escuchas, pero hace ruido de compañía que rompe la soledad de tu casa, de tu vida. ¿Alguien puede estar con uno o dos amigos sentados en cualquier parque y estar dos minutos sin decirse nada? Imposible, se crea un silencio incómodo y comenzamos a hablar de cualquier tontería que seguramente no nos interesa, banalidades. El silencio es incómodo a todos.
Uno de esos días, en un parque conocí a María. Estaba yo sentado en un muro de cemento que delimitaba un pequeño parterre cuadrado de 3X3, escuchando a los niños correr y pelearse con sus madres, escuchando a una señora mayor paseando, con una bolsa en la mano, a un perro indefinido, escuchando a un grupo de jubilados jugando a la petanca como si estuviesen compitiendo en los juegos olímpicos, escuchando al mundo. Cuando me di cuenta que María estaba escuchándome. Contaba las horas que faltaban para bajar al parque y coincidir con ella. Todas las tardes a la misma hora nos sentábamos en el mismo sitio y nos escuchábamos mutuamente. Día a día la distancia se fue reduciendo hasta que un día escuchábamos juntos. No recuerdo la frase de presentación, realmente no hacía falta, ya nos conocíamos de tiempo. Sabía que su nombre era María y que era una mujer normal, ni alta ni baja, ni guapa ni fea, como yo, normal. Ya no hacía falta saber más, no hacía falta preguntar más. Su cara lo decía todo y cualquier gesto o expresión de su cuerpo explicaba claramente cualquier necesidad. El ejemplo claro fue la primera vez que fuimos a tomar algo en la tasca de la esquina, ella me pidió una cerveza sin alcohol y yo unas patatas bravas para acompañar su coca cola. Justo nuestros gustos. Nos conocíamos ya de toda la vida.
Seguramente presumiré muchas veces de ser un fiera en la cama, todos los hombres en reunión lo somos, pero la única vez que he repetido tres veces en una noche fue ese día. De hecho nunca más lo he hecho más de una vez por noche. Fue la experiencia más alucinante de mi vida y siempre he intentado repetir, pero María después del café con leche con tostadas desapareció y nunca más he vuelto a escucharla en mi vida. |
| Última actualización el Jueves, 06 de Mayo de 2010 00:38 |



Bueno a todos, no. Como ya sabéis soy algo “autista”, introvertido. Me encanta el silencio. Puedo estar horas en casa sentado a oscuras escuchando el silencio. El crujido de la madera de los muebles, la dilatación de la casa, el reloj de la cocina, el encendido de la caldera de la vecina, que está llenando la bañera para relajarse, como busca en el armario algo cómodo en que ponerse a la salida del baño, el cerrar de el cajón de la ropa interior, el rozar de su ropa sobre su piel al desnudarse y el pedo del gordo del tercero que en breve gruñirá a su mujer exigiéndole algo de comer. Hay momentos en los que la oscuridad y el silencio en mi casa y en mi cabeza son tan grandes que me entra un escalofrío, un acojono, miedo y tengo que poner la tele, la radio o salir a la calle a un parque a escuchar a las personas. En el fondo soy humano.
Con la excusa de dejarle un libro subimos a mi casa. Los pequeños roces de nuestros brazos debido a los saltos del ascensor ya fueron electrizantes. Cuando en la entrada de mi casa ella me quito la chaqueta comencé a pensar en lo que iba a poner en el desayuno. De hecho en el desayuno fue la primera frase que cruzamos en toda la noche. Estuvimos en silencio, o quizás no. Escuche la ropa deslizarse por su piel, las sábanas por nuestros cuerpos, su respiración acelerada, la mía, sus caricias en mi espalda, su pelo arañándome la espalda, el pedo del gordo del tercero. No hubo la irritante pregunta de ¿te ha gustado? No era necesaria. Nunca es necesaria. Cada vez que me lo han preguntado siempre he tenido la seguridad de que no he cumplido con las expectativas. Todo lo que ella necesitaba automáticamente se lo daba y al revés igual. Éramos esa pareja que lleva diez años haciendo el amor pero con la bonificación de ser la primera vez.
"El ejemplo claro fue la primera vez que fuimos a tomar algo en la tasca de la esquina, ella me pidió una cerveza sin alcohol y yo unas patatas bravas para acompañar su coca cola"... Colosal