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Mi nombre es Alfonso. Me han dicho, no sé porqué, que deje claro que no soy “el machito hispánico”. El mundo es muy pequeño o las meigas son muy caprichosas.
Soy residente en Alboraia, la población Valenciana famosa por la horchata. Tengo treinta y tantos y soy un tío normal, ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, ni feo ni guapo, normal. Bueno a lo mejor no tan normal.
Estudié psicología en la facultad de Valencia pero nunca llegué a ejercer de lo que literalmente se llamaría psicólogo. Una vez licenciado, después de un par de años deambulando por varios sitios, el rebote de un contacto con otro y las casualidades (llamalo el destino) me llevaron a trabajar en una funeraria. No, no entierro fiambres o como denominamos profesionalmente el difunto. No, me explico. La mayoría de las personas tienen contratado un seguro de defunción, y dicho seguro tiene concertado con mi empresa el servicio de una persona para que guíe, ayude, haga el engorroso papeleo y consuele a los familiares. Es un Gestor Administrativo pero especializado en este penoso trámite, una gran ayuda a unas personas que están totalmente desorientadas debido al trauma que han sufrido. Por eso los tres que estamos en plantilla y mi jefe somos psicólogos.
Es un trabajo un poco delicado pero ya en la facultad te preparan para estos trámites. No lo suficiente, pero a todo se hace uno. Y el sueldo sería feo hablar aquí de dinero, pero te diría que soy dos veces y medio un mileurista. No me puedo quejar. O sí. Por desgracia en este trabajo no se puede hablar de crisis.
Bueno sólo he tenido una pega bastante curiosa de resaltar de mi trabajo. Soy viudo. Mi mujer murió en un accidente de tráfico. Sí, efectivamente, como estás imaginando, me pasaron el servicio de consolarme a mí mismo. Y casi lo hago, a no ser por un colega y amigo, que no me dejo. Siempre que me acuerdo de mi mujer, mi inconsciente me recalca que el servicio me lo adjudicaron a mí y sobre todo que vino reflejado en mi nomina. Es una de mis millones de espinitas. Si fuera otra persona, yo la denominaría sentimiento de culpa y le mandaria a un psicólogo. En mi caso, me auto-medico. O sea, no hago nada. Y se me nota. Todos dicen que soy algo rarito.
El otro día una amiga me denomino como “el autista”. Lo cual es bastante cierto. He creado un mundo y vivo en él, sin pensar en el resto de las personas. Por mi trabajo tengo que relacionarme y conocer a multitud de personas diariamente, entablar conversaciones, romper el hielo en situaciones embarazosas. Se me da de maravilla. Nadie podría llegar a creer que soy muy introvertido. Un tímido compulsivo.
Nunca le puse los cuernos a mi mujer, ni por ganas ni por necesidad. Otra cosa fue a partir de su muerte. Realmente me vi obligado. Una amiga íntima de mi mujer insistió mucho en consolarme y otro de mis defectos es que no se decir que no. La verdad es que consolaba muy bien pero claro era un poco raro siendo como era íntima de Amparo, mi mujer. La solución ella misma la buscó. Me presentó a una amiga para que me consolara. Y joder cómo consolaba. Noches de dos consolaciones. Aquí descubrí la definición real de consolador. Tanto una como la otra se movían en los mismos círculos que mi mujer. La misma educación, el mismo nivel económico, las mismas ideas políticas y socioculturales. Realmente mi mujer no había muerto, o mejor dicho se había reencarnado en estas mujeres, que tan bien suplían su desaparición.
En dos años pase por las manos de otras tres amigas de mi mujer casi sin darme cuenta de que lo hacía. No recuerdo cuando y ni porque, salía de una relación y entraba en otra, sin darme cuenta de que hubiera un corte en dicha relación.
Un día y gracias al comentario de un amigo, me di cuenta que a todas les había estado llamando Amparo y que no recordaba realmente el nombre de ninguna. Había mantenido viva a mi mujer en todas estas mujeres. Esto no podía continuar. Me estaba engañando. Estaba enfermo y había que auto-medicarse. Y la primera cosa que había que hacer era enterrar a mi mujer o lo que era lo mismo, no mantener ninguna relación con ninguna mujer que conociese a Amparo ni se moviese por los mismos círculos.
Esto fue el comienzo de una vorágine de contactos que con el tiempo me gustaría contar. Primero porque al contarlo me sirve para descargar mi culpa. Pero sobre todo para el que lo lea aprenda de mis errores para que no los cometa. O sí. Nunca se sabe.
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Siento ser yo quien te diga esto pero, cuando muere alguien a quien amas de una forma u otra, nunca se supera... peeero... se asume... Al fin y all cabo, la vida sigue, no? Y tú dirás, ¿qué sabrás tú si apenas has empezado a vivir? Pues lo cierto es que hay cosas que son irremediables y ninguna edad es buena para pasarlas, pero pasan...
Bueno, quiero romper una lanza a favor de Alfonso. me parece un relato interesante. Todos podemos acabar pasando por eso y la única ayuda es la paciencia y la voz de la experiencia... Y, cuando guardas bajo llave algo dentro del pecho, o dejas que se escape o se apodera de tu alma hasta destruirte...
Cierra los ojos y deja que tu corazón estalle... Anula tus sentidos para crear sentidos nuevos...
¡Un beso cálido!
Tu normal no eres, ya te lo digo yo.
¡Pero... que visto estas!
Merche, soy hombre y escribo desde este punto de vista con lo cual algo de machista tendre, pero te aseguro que lo poquito que haya lo voy corrigiendo. No ligo dando pena, pero no descarto en el futuro probar dicha experiencia. Estoy abierto a todo.
Mujer de AL... y Bohemia, empiezo a sentir una curiosidad tremenda por el machito hispanico de las narices, veo que ha causado estragos. Pero creo que no es justo que carge yo con sus culpas.